Postverdad, algoritmos
y crisis de la diplomacia

Joan García del Muro tiene la voz pausada y serena de quien defiende la verdad, una verdad al  menos. Nos hemos reunido en la escuela Salesians de Sarrià, acogidos por la Unió de Religiosos de Catalunya, para escuchar una de las voces críticas que más y más acertadamente ha abordado el conflicto de la «postverdad»: es decir, del tiempo en el que la verdad vale lo mismo que cualquier otra mercancía.

«Parece que la verdad se ha convertido en una más de las mercancías que tenemos a nuestro alcance —afirma el filósofo catalán—: actuamos como si estuviésemos convencidos de que podemos adquirir la verdad que más nos convenga, la más cómoda, la que menos desestabilice nuestros prejuicios».

Éste es el tema central de su conferencia, cuyo título se alza como una declaración de intenciones: «Cómo evitar el naufragio en el mundo de la postverdad». Yo asisto, inexperto, a un tema que me interesa mucho. En mis notas mezclo las palabras de Joan con mis propios razonamientos. La crisis de la comunicación política, la tensión psicológica a la que nos somete el bombardeo constante de la publicidad, la falacia de una felicidad basada en el consumo, son temas que profundamente me preocupan. También la muerte de Dios —el asesinato de Dios, en palabras de Nietzsche— y el descaro con el que el nihilismo más pasivo ha ocupado su lugar, del todo indiferente a la idea de que un mundo sin narrativa, sin mitología, se convierte en una vacuidad insoportable, «en una pura y simple nuez vacía —en palabras de Vila-Matas— una pura y simple cáscara, sin nada».

Hace dos mil trescientos años, explica Joan García del Muro, Aristóteles definió «la verdad» como la adecuación del discurso a la realidad. Vattimo, en cambio, ha defendido en nuestros tiempos que esa antigua definición nos ha llevado a la violencia. La construcción artificiosa de una verdad excluyente o, lo que es lo mismo, el deseo de posesión de la verdad, que conocemos como «dogmatismo», nos ha llevado al «fundamentalismo», a la imposición de la verdad por la fuerza. El filósofo último de la historia del pensamiento, Martin Heidegger, defendió de facto al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, que con su «solución final» sistematizó por primera vez en la historia la barbarie. Vattimo, explica el filósofo catalán, defiende el «principio de reducción de la violencia», que consiste en localizar su causa y dejar de alimentarla. Por eso celebra el Adiós a la verdad. Muerto el perro, muerta la rabia.

Joan García del Muro defiende que este planteamiento ha quedado desactualizado. Los problemas del siglo XXI no tienen que ver con la creencia fundamentalista sino justamente con la falta de creencias, con su progresivo desgaste. Y señala dos frentes muy concretos que han construido la estructura psicológica que nos rige en la actualidad: el pragmatismo utilitarista y el emotivismo.

Los –ismos, explica, absolutizan. Del mismo modo que el cristianismo pone a Cristo como absoluto, el utilitarismo pone como absoluto la utilidad. En consecuencia, esta corriente de pensamiento defiende que la verdad es aquello que a cada uno le resulta útil. Y en una línea paralela, el emotivismo de Stevenson o Hume ha cedido al mundo la idea de que la verdad es aquello que nos hace sentir bien.

¿Cómo es posible —se plantea Joan García del Muro— que políticos como Putin o Trump mientan descaradamente a los medios en cuestiones tan fácilmente desenmascarables? ¿Cómo es posible que Putin afirmara que no había tropas rusas en Crimea mientras los medios difundían imágenes que probaban lo contrario? ¿Cómo es posible que Trump manipulara las cifras y afirmara que era la persona que más veces había aparecido en la portada del New York Times, cuando la persona a la que correspondía este privilegio había superado la aparición de Trump en un 500%?

«No es contrario a la razón —defiende Hume— preferir el hundimiento entero del mundo antes que un rasguño en mi pulgar». Este razonamiento reduce la ética al egoísmo y desatiende toda metafísica que pudiera servir de base a la generosidad. En él se amparan la métricas que, mediante los algoritmos, muestran a cada cual lo que desea ver, tanto en los buscadores de internet como en las redes sociales. Así se produce una especie de «caja de resonancia» de los valores e intereses individuales que nos aísla de la otredad, de aquello, justamente, de lo que podríamos aprender porque no lo conocemos. Y así se aumenta la distancia con lo desconocido y, con ella, el prejuicio y la desconfianza.

La crisis de la diplomacia, que hemos visto fracasar en Reino Unido, en Estados Unidos, en Rusia, en India, en Filipinas… pero también en España y Cataluña, debemos entenderla como consecuencia de un «tribalismo epistemológico» por el cual tan sólo conocemos aquello que ya conocíamos. Así los intereses comerciales de las plataformas digitales ganan terreno a la política y perjudican gravemente el progreso de la ética, la capacidad de los usuarios para desarrollar su empatía. Si la verdad es aquello que me conviene y mis intereses son contrarios a los de los demás, entonces no son verdad los intereses de los demás, y no debo preocuparme por ellos.

Regresamos así a una nueva credulidad y al nuevo «dogma de la tribu», a una nueva fe en aquella idea de verdad que alimenta nuestro circuito cerrado de relaciones interesadas, y que excluye a todo aquél que queda fuera del mismo. He aquí el aislamiento que pone fin a la verdad y al sentido más humano de la humanidad.

¿Qué nos corresponde a nosotros? ¿Qué podemos hacer para defendernos de la degeneración a la que nos exponen la parcialidad de los algoritmos, el discurso falseado de la publicidad, el neoromanticismo y neonacionalismo tribal al que nos exponen unos políticos que no merecen ser llamados como tales…? Yo he empezado por desactivar todas las notificaciones y permisos de mis redes sociales y juntarlas en la última pantalla de mi smartphone, para tomar conciencia de lo que son: plataformas comerciales de captación de leads a los que luego desviar mediante la publicidad a empresas que no necesitan mi dinero.

¿Y tú, lector, lectora: te posicionas ante esta situación? Si es así, comparte en un comentario tu opinión y tus resoluciones; o comparte este artículo en las redes… Modifiquemos el sistema desde dentro y decidamos cual queremos que sea su utilidad.

Donde hay exclusión, haznos llevar compartición; donde hay sensacionalismo, haznos usar la sobriedad (…) donde hay prejuicio, haznos llevar confianza; donde hay agresividad, haznos llevar respeto; donde hay falsedad, haznos llevar verdad.

Papa Francisco

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