A los 21 años, cuando viajé a Asia por primera vez, conocí a Angélica, una mujer de orígenes chino-estadounidenses que me habló del kong (el vacío), y me dijo que Hong Kong (que literalmente se traduce como Puerto Fragante) podía entenderse también como vacío rojo.
Ésta era la escena: en la terraza de un edificio en Causeway Bay, rodeado de rascacielos, ella me habló de las mariposas y la ligereza de la luz, la magia extraordinaria del arcoíris.
Yo no entendía nada pero me sentía fascinado por sus palabras, por esa ligereza, por ese vacío que empezaba a generarse alrededor de ellas.
Unos días después, en un centro comercial, entre el abigarramiento de pasillos estrechos llenos de luces y espejos y cristales, perdimos al grupo de compañeros del hostal con el que estábamos visitando la metrópoli. Yo me sentí molesto con Angélica, con la demasía de su presencia que en los últimos días había convertido mi vida en un nada más que estar con ella, para ella.
Encontramos un pequeño parque donde descansar de la abrumadora continuidad de los rascacielos. Y entonces se hizo la magia: Angélica, de forma natural y sin pensarlo, se dirigió al centro del empedrado de aquel parque y empezó a practicar taichí. Sus movimientos eran suaves, fluidos, pero de una intensidad y una fuerza que no podría comunicar con mis palabras. Había presencia en ella. Había totalidad.
¿Qué sucedió aquel día en aquel parque? Por primera vez me di cuenta de que ese vacío, esa ligereza que emanaba del Este, del continente de los ojos sesgados, era algo muy real y poderoso, era una intensificación de la vida, era la posibilidad de vivir en otra dimensión, en otra dimensión de profundidad, al menos.
Ése fue el inicio de un viaje que me llevó a Filipinas, y más tarde a Tailandia, a India, a Nepal… pero sobre todo al centro, al corazón, a lo más profundo de mí mismo.
Si quieres saber qué sucedió con Angélica, y sobre todo si tú también quieres iniciar tu propio viaje de exploración interior, hasta lo más profundo del ser, la puerta es ésta:
A los 21 años, cuando viajé a Asia por primera vez, conocí a Angélica, una mujer de orígenes chino-estadounidenses que me habló del kong (el vacío), y me dijo que Hong Kong (que literalmente se traduce como Puerto Fragante) podía entenderse también como vacío rojo.
Ésta era la escena: en la terraza de un edificio en Causeway Bay, rodeado de rascacielos, ella me habló de las mariposas y la ligereza de la luz, la magia extraordinaria del arcoíris.
Yo no entendía nada pero me sentía fascinado por sus palabras, por esa ligereza, por ese vacío que empezaba a generarse alrededor de ellas.
Unos días después, en un centro comercial, entre el abigarramiento de pasillos estrechos llenos de luces y espejos y cristales, perdimos al grupo de compañeros del hostal con el que estábamos visitando la metrópoli. Yo me sentí molesto con Angélica, con la demasía de su presencia que en los últimos días había convertido mi vida en un nada más que estar con ella, para ella.
Encontramos un pequeño parque donde descansar de la abrumadora continuidad de los rascacielos. Y entonces se hizo la magia: Angélica, de forma natural y sin pensarlo, se dirigió al centro del empedrado de aquel parque y empezó a practicar taichí. Sus movimientos eran suaves, fluidos, pero de una intensidad y una fuerza que no podría comunicar con mis palabras. Había presencia en ella. Había totalidad.
¿Qué sucedió aquel día en aquel parque? Por primera vez me di cuenta de que ese vacío, esa ligereza que emanaba del Este, del continente de los ojos sesgados, era algo muy real y poderoso, era una intensificación de la vida, era la posibilidad de vivir en otra dimensión, en otra dimensión de profundidad, al menos.
Ése fue el inicio de un viaje que me llevó a Filipinas, y más tarde a Tailandia, a India, a Nepal… pero sobre todo al centro, al corazón, a lo más profundo de mí mismo.
Si quieres saber qué sucedió con Angélica, y sobre todo si tú también quieres iniciar tu propio viaje de exploración interior, hasta lo más profundo del ser, la puerta es ésta:
A los 21 años, cuando viajé a Asia por primera vez, conocí a Angélica, una mujer de orígenes chino-estadounidenses que me habló del kong (el vacío), y me dijo que Hong Kong (que literalmente se traduce como Puerto Fragante) podía entenderse también como vacío rojo.
Ésta era la escena: en la terraza de un edificio en Causeway Bay, rodeado de rascacielos, ella me habló de las mariposas y la ligereza de la luz, la magia extraordinaria del arcoíris.
Yo no entendía nada pero me sentía fascinado por sus palabras, por esa ligereza, por ese vacío que empezaba a generarse alrededor de ellas.
Unos días después, en un centro comercial, entre el abigarramiento de pasillos estrechos llenos de luces y espejos y cristales, perdimos al grupo de compañeros del hostal con el que estábamos visitando la metrópoli. Yo me sentí molesto con Angélica, con la demasía de su presencia que en los últimos días había convertido mi vida en un nada más que estar con ella, para ella.
Encontramos un pequeño parque donde descansar de la abrumadora continuidad de los rascacielos. Y entonces se hizo la magia: Angélica, de forma natural y sin pensarlo, se dirigió al centro del empedrado de aquel parque y empezó a practicar taichí. Sus movimientos eran suaves, fluidos, pero de una intensidad y una fuerza que no podría comunicar con mis palabras. Había presencia en ella. Había totalidad.
¿Qué sucedió aquel día en aquel parque? Por primera vez me di cuenta de que ese vacío, esa ligereza que emanaba del Este, del continente de los ojos sesgados, era algo muy real y poderoso, era una intensificación de la vida, era la posibilidad de vivir en otra dimensión, en otra dimensión de profundidad, al menos.
Ése fue el inicio de un viaje que me llevó a Filipinas, y más tarde a Tailandia, a India, a Nepal… pero sobre todo al centro, al corazón, a lo más profundo de mí mismo.
Si quieres saber qué sucedió con Angélica, y sobre todo si tú también quieres iniciar tu propio viaje de exploración interior, hasta lo más profundo del ser, la puerta es ésta:
A los 21 años, cuando viajé a Asia por primera vez, conocí a Angélica, una mujer de orígenes chino-estadounidenses que me habló del kong (el vacío), y me dijo que Hong Kong (que literalmente se traduce como Puerto Fragante) podía entenderse también como vacío rojo.
Ésta era la escena: en la terraza de un edificio en Causeway Bay, rodeado de rascacielos, ella me habló de las mariposas y la ligereza de la luz, la magia extraordinaria del arcoíris.
Yo no entendía nada pero me sentía fascinado por sus palabras, por esa ligereza, por ese vacío que empezaba a generarse alrededor de ellas.
Unos días después, en un centro comercial, entre el abigarramiento de pasillos estrechos llenos de luces y espejos y cristales, perdimos al grupo de compañeros del hostal con el que estábamos visitando la metrópoli. Yo me sentí molesto con Angélica, con la demasía de su presencia que en los últimos días había convertido mi vida en un nada más que estar con ella, para ella.
Encontramos un pequeño parque donde descansar de la abrumadora continuidad de los rascacielos. Y entonces se hizo la magia: Angélica, de forma natural y sin pensarlo, se dirigió al centro del empedrado de aquel parque y empezó a practicar taichí. Sus movimientos eran suaves, fluidos, pero de una intensidad y una fuerza que no podría comunicar con mis palabras. Había presencia en ella. Había totalidad.
¿Qué sucedió aquel día en aquel parque? Por primera vez me di cuenta de que ese vacío, esa ligereza que emanaba del Este, del continente de los ojos sesgados, era algo muy real y poderoso, era una intensificación de la vida, era la posibilidad de vivir en otra dimensión, en otra dimensión de profundidad, al menos.
Ése fue el inicio de un viaje que me llevó a Filipinas, y más tarde a Tailandia, a India, a Nepal… pero sobre todo al centro, al corazón, a lo más profundo de mí mismo.
Si quieres saber qué sucedió con Angélica, y sobre todo si tú también quieres iniciar tu propio viaje de exploración interior, hasta lo más profundo del ser, la puerta es ésta:
Recibirás en tu correo el final de la historia (el principio de la historia) y una herramienta práctica que te permitirá empezar a descubrir una dimensión hasta ahora desconocida: aquella en la que tú eres tú, libre de máscaras, de influencias y de las opiniones de los otros.
Además, conocerás a Jeván, el chico filipino que tuvo la culpa de todo; la razón por la que pasé tres años de mi vida en el continente asiático y la razón de que estés leyendo estas líneas.
¡Feliz inicio de viaje!
Recibirás en tu correo el final de la historia (el principio de la historia) y una herramienta práctica que te permitirá empezar a descubrir una dimensión hasta ahora desconocida: aquella en la que tú eres tú, libre de máscaras, de influencias y de las opiniones de los otros.
Además, conocerás a Jeván, el chico filipino que tuvo la culpa de todo; la razón por la que pasé tres años de mi vida en el continente asiático y la razón de que estés leyendo estas líneas.
¡Feliz inicio de viaje!
Recibirás en tu correo el final de la historia (el principio de la historia) y una herramienta práctica que te permitirá empezar a descubrir una dimensión hasta ahora desconocida: aquella en la que tú eres tú, libre de máscaras, de influencias y de las opiniones de los otros.
Además, conocerás a Jeván, el chico filipino que tuvo la culpa de todo; la razón por la que pasé tres años de mi vida en el continente asiático y la razón de que estés leyendo estas líneas.
¡Feliz inicio de viaje!